Los secretos de la abuela (y los silencios de papá)

El documental boliviano ‘Me río de las olas’, premiado en festivales como Punta del Este, León, Ciudad de México y Jujuy, llega a la Cinemateca, en La Paz
Autor: Ricardo Bajo H

Blanca Henrich Arauz vivió 91 años. Fue orgullosamente comunista, amaba al Partido (como se amaba antes). Fue la profesora de física y matemáticas de dos de los Peredo en Trinidad. “Todos los hermanos eran buenos”. Su padre fue Franz “Pancho” Henrich, un mecánico socialista austríaco, llegado al Beni a principios del siglo pasado, seducido por la “fiebre del caucho”, el auge de la goma. Lo llamaban el “Naútico del Mamoré”.

Blanca fue detenida durante la dictadura de Banzer Suárez al ser acusada de envenenar un pozo de agua en la capital beniana (y de escupir a un militar). ¿O fue por una venganza familiar? Llevada a La Paz y detenida por seis meses, salió al exilio; primero al Chile de Allende (donde vivió otro golpe), luego a Suecia y México.

Blanca -la roja- fue una de las 849 mujeres víctimas de las dictaduras (está apuntada como la número 387 en el informe de la Comisión de la Verdad). “Me río de las olas”, el documental de Azeneth Farah Saldívar, no habla de ella, habla de su nieta, la directora. Habla de los tabúes/secretos de una familia de comunistas, esa mala palabra.

La película -coproducción boliviana/mexicana- es un documental (autobiográfico de ágil montaje) sobre el exilio y las raíces, sobre la identidad y el rol de las mujeres en las familiares patriarcales y herméticas; sobre la nostalgia de Bolivia.

Es un periplo de búsqueda/introspección personal por los paisajes de la memoria. Y por las playas desiertas del Beni. Nota mental: la música es un personaje más pues con las canciones también viajamos -de Ollantay a José Villar Suárez, el autor de “(Yo soy el) Mamoré”, de Amaru a Los Kjarkas, de Ernesto Cavour a Alfredo Domínguez.

“Me río de las olas” (con premios y recorrido por varios festivales) se inserta dentro de la “moda” del subgénero documental que apela a lo personal como político. Recurre a fotografías, diarios, dibujos/canciones infantiles, animaciones en 2D, cartas y videos familiares como elementos narrativos/estéticos. Lo hace para contar una historia (la del país). Es una nueva forma de narrar/pensar el pasado, desde lo subjetivo/emotivo, desde el cuerpo/vida propia.

El cine boliviano viene cultivando/alimentando esta tendencia del cine latinoamericano con excelentes resultados como “Algo quema” (2018) de Mauricio Ovando de la Quintana y “El disco de piedra” de su hermana Geraldine Ovando (también sobre su abuela). Son -los tres- regresos al universo familiar con intenciones de sanación.

“Me río de las olas” es la postergada necesidad de charlar con los espectros que toda familia esconde en el armario; en el caso de Farah es el tío Carlos Farah Aquim, ex prefecto del Beni, uno de los responsables de la detención/tortura de la abuela de la directora y guionista. Es la imperiosa urgencia de cuestionar al verdugo en nombre de la memoria y la justicia; “en nombre del tiempo”, escribe Azeneth que plantea una decisión vital: ¿absolución o condena al malo de la película?

El pasado -aquí y ahora- no es una lámina estudiantil; el pasado se toca, se fragmenta; es la fotografía de una abuela que nunca debió verse obligada a abandonar la casa del padre. “Me río de las olas” es la historia reciente de Bolivia con minúsculas; contada desde la pequeña (confiable y auténtica) memoria individual de una nieta; narrada en primera persona de mujer.

La película de Farah Saldívar -tras doce años de recopilación de imágenes- es un viaje autoexploratorio/íntimo a los orígenes. Atraviesa/cruza las leyendas de los ríos benianos como metáfora y maldición. Es un vestigio, un trazo de historia y memoria; es (material de) construcción; es un afán. Es también -como los documentales de los hermanos Ovando- un ajuste de cuentas. Es un ensayo/óleo de fantasmas familiares en fondo negro.

De niña, recuerda la madre, Azeneth lanzaba preguntas sin parar. En su documental, también (como lo hace siempre el buen cine). ¿Cuánto heredemos/somos de nuestra familia? ¿Cuántas de las culpas/errores repetiremos como condena? ¿Cómo hacemos para soportar las amarguras que pesan tanto? ¿Cómo curamos al padre y su mundo de silencios? La cineasta ya no quiere ser “la hija del Gringo Farah”. Escribe en su diario: “Quiero ser Azeneth, la que solo se debe respuestas a sí misma”.

Las culpas y penas de papá han sido expiadas; los dolores comprados por la hija, también. El cine consuela y cura, cura y consuela. “Me río de las olas” es la respuesta para un padre que mira el techo.

Post-scriptum: la frase que da título al documental es como el “Rosebud” de Orson Welles en “Ciudadano Kane”. Es un sortilegio, un hechizo, un salvavidas cuando temes a la muerte. “Me río de las olas” está actualmente en la cartelera de la Cinemateca Boliviana en La Paz (19.35).

Fuente: Ramona Cultural (Opinión)

23 noviembre 2025